“All the good”, la historia que no se pudo contar

Por Raul Perez Andrade

¡Basta de metáforas! ¡Hablemos claro!, grita Grace Elle Barkey parando la escena que se está desarrollando en “All the good”, la última creación de Jan Lauwers. La co-fundadora de la Needcompany se dirige a Elik, el exsoldado israelí convertido en bailarín, y le pregunta: ¿A cuántas personas has matado? ¿Qué lleva a un hombre a matar por una nación? Los espectadores se preparan en sus butacas, porque parece que, después de una hora y media, llega el momento en el que todas historias, escenas y explicaciones van a cobrar sentido en el discurso. Pero Romy, su hija, no quiere que se cuente esa historia de Elik. Ella prefiere contar cómo se enamoraron, porque todas las historias de amor pueden ser contadas, incluso las imposibles. Su marido en la ficción, tampoco quiere que se cuente, ni el resto de los 12 componentes de la compañía. Unos quieren hablar de amor, otros del primer colonizador de Estados Unidos, otros sobre Artemisa Gentileschi, otros sobre arte… El ruido colapsa la escena pero Grace Elle Barkey insiste, lucha contra la compañía y le sigue gritando a Elik: ¿Descríbeme la primera persona a la que mataste?

“All the good” es el testimonio de una imposibilidad. Es la impotencia de un creador que no ha podido contar la historia que debe. Jan Lawers es un artista multidisciplinar, pero donde ha destacado internacionalmente ha sido en su perfil de narrador. En sus creaciones teatrales mezcla la instalación, la danza, la interpretación, la música y la performance para contarnos las historias que va sacando poco a poco de los componentes de su compañía. Es un excelente narrador, pero algo ha ocurrido con Mahmoud, el hombre cuya historia no podemos contar. Mahmoud es uno de los pocos sopladores de vidrio que quedan en Hebrón, Palestina. Jan Lawers lo conoció cuando viajó a la ciudad, y le encargó 800 objetos de cristal inútiles. Mahmoud es el único que no está presente en el escenario, ni real ni ficticiamente. Sólo tenemos de él una foto y sus 800 objetos de cristal inútiles colgados en una instalación giratoria. En la obra escuchamos muchas historias, de amor, de sexo, de crueldad, de vengaza, de tortura… pero no la de Mahmoud. Ni a través de sus palabras, ni a través de las palabras del exsoldado israelí convertido en bailarín. También escuchamos muchas reflexiones sobre arte. En el programa de mano podemos leer: Los artistas deben hacer todo lo posible para asegurarse de que su poética proporciona una respuesta contundente a la sofocante y aniquiladora realidad política en la que nos encontramos. Y puede que sea consciente de que con esta obra no cumple su función, ya que parece que con ella nos pregunta: si no puedo contar esta historia, ¿para qué sirve el arte?

Con “All the good” es la séptima vez que Jan Lawres viene al Teatro Central desde que nos dejó atónitos por primera vez con “La chambre de Isabella”.  Pero esta vez ha querido estar sobre el escenario, presentando su creación en el prólogo y observándola durante el resto del tiempo. Ésta es una característica principal de la compañía, lo que llaman la representación “transparente”, un recordatorio constante de que estamos frente a una ficción. Mientras una escena, una coreografía o una narración se desarrolla, los intérpretes que no entran en juego observan y comentan lo ocurrido. En este caso es el director el que observa y comenta. Pero además da la cara ante el público. No se esconde avergonzado ante su objetivo incumplido porque es un fracaso consciente. Se explica y justifica. Según las palabras de su propia representación en escena, encarnada por Benoit Gob, el arte debe mostrar todo aquello que se nos escapa en el día a día, todo lo bueno que hay en el mundo y que no percibimos. Pero: todo lo bueno (All the good) es una imagen extremadamente complicada.