No consiguieron todo lo que querían pero algo hicieron

Por Elena Viña Quintero

hijos-de-kennedy-criticaJosé María Pou, reuniendo bajo su dirección a Maribel Verdú, Emma Suárez, Ariadna Gil, Fernando Cayo y Álex García, dirige la obra de Robert Patrick Los hijos de Kennedy, función que pudo disfrutarse desde el día 30 de abril hasta el 3 de mayo en el Teatro Lope de Vega de Sevilla.

Estrenada por primera vez en Madrid en los años 70 contó con los actores Francisco Valladares, Gemma Cuervo, Marisa de Leza, Amadeo Sans, María Luisa Merlo y Pedro Civera. José María Pou la ha recuperado ahora coincidiendo con el 50 aniversario del asesinato de Kennedy. Cuando salimos del teatro sabemos que los actores del nuevo elenco son dignos sucesores de los primeros, pues saben mantener –y transmitir, que es lo más importante- las esencias de sus personajes.

Con esta función asistimos a una especie de documental de aquella década –pero en directo-, pues desde que entramos se van proyectando una serie de imágenes de la época y escuchamos canciones que nos ayudan a adentrarnos en el ambiente, la selección musical gusta a todo el mundo.

Personas y sucesos no dejan de venir a la mente cada vez que alguien habla de los sesenta: los derechos civiles y sociales, el movimiento hippie, los Beatles, Bob Dylan, Janis Joplin, Martin Luther King, Marilyn Monroe. Pero una serie de acontecimientos como la muerte de los dos últimos, la guerra del Vietnam o el asesinato de Kennedy –suceso en torno al que se articula la obra- vinieron a romper con todo. Los impactos de bala que acabaron con la vida del presidente Kennedy en 1963 también impactaron en la realidad de estos personajes, haciéndoles sentir que después de lo vivido, de esa época tan convulsa, no consiguieron lo que querían.

Todo se sitúa en un pub de Nueva York, en una noche lluviosa. Un bar es el escenario que comparten los cinco personajes. Allí se desahogan, confiesan sus frustraciones y cuentan lo que supuso para ellos la década de los 60. Son cinco monólogos que se van entrecruzando, sin interacción inicial entre los personajes pero que están contados directamente al espectador. Es una función en la que no hay cuarta pared. Por supuesto, hay que darle la oportunidad a la obra de que suceda, hay que dejar que se desarrolle, pues aunque el planteamiento inicial pueda ser chocante –unos actores interpretando su texto de forma independiente- hacia la mitad de la función comienzan a interactuar y todo va consiguiendo una mágica unidad.

Los ingredientes trágicos y cómicos están servidos: los cinco personajes hablan de sus experiencias y de sus vidas con cierta distancia y esa distancia sólo puede conseguirse con los momentos de sarcasmo e ironía. La risa es eso que siempre hace falta para enfrentarse a la vida y el texto consigue arrancarnos más de una.

Según vamos conociendo a los protagonistas captamos un momento crucial: el momento en el que quisieron algo, en el que tuvieron ilusiones por conseguir llegar al final de una lucha política o al ideal de Kennedy, encontrar una justificación a la guerra que estaban haciendo o una justificación artística para seguir adelante, pero no han podido superar la frustración de no alcanzar sus sueños.
Podría hablarles de los personajes tras la impresión que obtuve al ver la obra, pero considero que el testimonio más valioso y fiel es el que sale de la boca de los propios actores. Ellos son quienes mejor conocen a sus personajes.

los-hijos-de-kennedy-maribel-verduMaribel Verdú es Carla: “Carla es una chica aspirante a actriz y el día en que muere Marilyn decide que va a ser la sustituta. Lo que no sabe es que se va a encontrar con un camino de dificultades y de aprovechamientos por parte de todo el mundo, es una muñequita rota que no consigue hacer realidad su sueño. Pero está bañada de sentido del humor”.

Cree firmemente que ella debe ser la sucesora de Marilyn, cuya muerte le afecta de manera devastadora. Es tan grande el mimetismo que llega a conseguir Verdú con los movimientos, posturas y el tan conocido Happy birthday, Mr. President que parece que estamos ante la mismísima Marilyn Monroe.

Ariadna Gil encarna a Rona: “es una mujer que pasa toda la década de los sesenta, toda su juventud, dedicada a luchar por cambiar el mundo, por todo lo que pasó en Estados Unidos y en otras partes del mundo en esa década. Es una mujer que lucha contra el racismo en Estados Unidos, que en aquel momento era un problema grandísimo, que lucha contra la guerra del Vietnam, que también intenta encontrar la forma de vivir y relacionarse con los demás distinta a la familia convencional, al mundo capitalista. Es toda esa generación que dejó mucho de su vida y de su juventud por intentar que el mundo fuera mejor”.

Emma Suárez da vida a Wanda: “Es una mujer militante de Kennedy que ante todo cree en la posibilidad de lo que podría haber sido si Kennedy no hubiese sido asesinado. Es un personaje que cree en los sueños, en los ideales -como todos los personajes-, y el tiempo demuestra que no ha podido ser así y que lo que prevalece al final son las ganas de que todo hubiese cambiado y la soledad en la que conviven los personajes”. Este personaje nos relata cómo vivió la muerte de Kennedy.

Álex García interpreta a Mark: “Yo hago el personaje de Mark, que es un veterano de guerra del Vietnam. Está contado en tiempo presente, o sea que durante toda la función el personaje va reviviendo todo lo que le ocurrió en la guerra del Vietnam, desde que llegó con la ilusión de querer defender los ideales de un país hasta que vuelve, no solamente tocado por la guerra sino tocado por los límites del ser humano que qué mejor lugar que la guerra para descubrirlos. Para mí, lo especial del personaje y lo que sí transmitiría al público en su parte interesante es ver la guerra desde el punto de vista de un veterano de guerra americano que es muy diferente a cómo vivimos la guerra aquí en España”.

En Fernando Cayo tenemos al personaje de Sparger: “Mi personaje es Sparger que es un actor homosexual de Broadway que habla sin pelos en la lengua de toda su experiencia en el teatro underground y sus experiencias vitales. Es un personaje que está trazados por momentos en un tono muy cabaretero, con lo cual interpelo directamente a los espectadores”.

Fernando Cayo sabe hacer grande a su personaje con su apelación y comunicación directa con el público, cantando, bailando y escenificando las luces y sombras del mundo del espectáculo underground.

Como ya he comentado anteriormente, la obra va evolucionando y a medida que se acerca el final van evolucionando también los personajes, pues se va tejiendo una red de interacción. Un detalle muy importante de la representación es que, mientras cada actor va interpretando su monólogo, el resto de personajes sigue realizando sus acciones: Wanda lee una revista, Carla se maquilla, Rona escribe, etc. Esto es lo que hace que estén vivos, que no sea una función plana.

A pesar de ser una obra escrita en los años 70 la carga del espectáculo sigue siendo vigente, destaca Cayo. En esta obra se habla las de pasiones, de los miedos, de sueños rotos, de cosas que se quisieron y no se pudieron. Eso es común a los personajes de Los hijos de Kennedy: hablan de un universo americano pero el espectador que lo recibe puede identificarlo con el suyo propio, con sus propios sueños, con sus tristezas, con lo que quiso conseguir, con las justicias e injusticias, etc. Sales del teatro con la certeza de que todo esto ha permanecido inalterable.