Evil Evans: desde las brasas

Por Revista Wego

evil-evans-ArdeSalvador Nuñez / El tipo sale de su casa mascullando algo que no se antoja demasiado bueno y se dirige al “Central”, ese bar sevillano tan famoso e insulso a la vez, a recoger su miserable paga. Así arranca Arde, el primer larga duración de Evil Evans, proyecto liderado por el gaditano Ricardo Olivera que hace ya unos años encontró en Sevilla el acompañamiento necesario para llevar sus canciones al directo. Este disco llega tras variadas actuaciones en la capital y una larga travesía maquetera, tres epés donde ya se van intuyendo las señas de identidad del proyecto: letras delicadas y sencillas, melodías pegadizas, un poco de acústica por aquí, algunos efectos por allá y mucha sensibilidad pop.

Tras varios años explotando las vías más radicales del “do it yourself” en cuanto a grabación y difusión de su música, llega a nuestros oídos el trabajo más dedicado de la banda, un disco de diez canciones donde se refrenda lo bueno que ya se había apuntado con anterioridad y se añaden nuevos matices que le dan a su trayectoria un toque de distinción con respecto a sus canciones más lejanas. Así, la lírica sigue siendo de lo mejor de un disco redondo y versátil, lleno de canciones frescas y de fácil acceso. Pero no es tan simple la cosa como nos quieren hacer ver, hay mucho que rascar más allá de los tópicos pop de los que casi siempre se hablan al referirse a canciones bonitas adornadas con camisas de cuadros.

Las capas de guitarras, la amplitud de sus interludios, los arreglos minimalistas o una cercanía al rock más denso en la apertura con Arde, el ecuador con Arácnida o el final decadente de David y Golliat, nos hacen pensar en un disco más variado de lo que pueda parecer en las primeras escuchas.

Esto no oculta el resultado final, donde lo luminoso le gana a lo oscuro por la distancia exacta, la necesaria para dejarte un regusto interesante. Cortes tan agradables y vivos como No me daba cuenta o Carolina susurró hacen caer la balanza hacia el lado de la música apacible, transcurrida con sentido, desde el dulce cocer de las brasas. Todo contado desde un prisma cotidiano y personal, acompañado de guitarras y voces suaves que cantan pidiendo no hacer mucho más que “regar tu huerto y hacer canciones”, como bien nos dice Hagan juego.

En resumidas cuentas, el disco, visto desde un arriba, encaja, y lo hace por varias razones. La principal y más importante de ellas es que nunca hay que negarse a prestar atención a algo que nos invita a pasar treinta y cinco minutos placenteros. Es por ello que Ricardo etiqueta su música, con cierta sorna guasona, como “pop para chicas”. No estoy muy de acuerdo con él, la cosa no va de géneros. Aquí, en Arde, se habla de amor y pasotismo, de crítica y optimismo, de agradecimientos y personas, y eso, quiero creer, debe interesar a hombres y mujeres, chicos y chicas del pop, del indie o de lo que quiera que sea.

Por cierto, el tipo llega al bar después de desayunar whisky con tostadas, se queda un rato mirando su hasta entonces lugar de trabajo, y luego, tan tranquilamente, le mete fuego.