Juan Carlos Lázaro trae a Sevilla su obra más reciente

Por Paula Velasco

Juan Carlos Lázaro vuelve a la ciudad en la que aprendió los entresijos del arte para desnudar su propia obra. El artista, nacido en Badajoz, retorna a la Sevilla que le concedió el título de artista para mostrar su obra más reciente. La galería Birimbao es la encargada de acogerle hasta el 1 de noviembre, y puede ser visitada los lunes de 19 a 21 horas, de martes a viernes de 11 a 13,30 y de 19 a 21 horas y los sábados de 11 a 13,30.

Para Lázaro no es algo nuevo. Su obra forma parte de las colecciones de algunos de los más prestigiosos centros de arte del país, y ha participado en distintas ediciones de eventos como Arco o Art Chicago. El éxito no ha sido casual: lleva trabajando desde los 80 en un proceso de reflexión e investigación del cual nace su pintura. En aquel entonces se definía como expresionista, pero el devenir del tiempo ha querido que, a base de trabajo, en sus cuadros sólo quede lo esencial de la pintura, desnuda y sin accesorios.

Silencio y luz serían los términos más apropiados para definir esta muestra. Silencio porque la realidad contenida en marcos no trata de narrar historia alguna, tan solo es una excusa para acercarse a la luz que la define. Las composiciones son simples para no distraer al espectador de lo realmente importante, los volúmenes que en realidad no son más que el dibujo y la pintura que le dan sentido a la obra.

A partir de pinceladas ausentes cargadas de óleo en  tonos pastel, o de trazos desdibujados a cargo del grafito, el artista crea escenas llenas de paz, aparentemente idénticas pero en el fondo diferentes. Los lienzos a color han sido enmarcados con madera oscura aunque los formatos sean desiguales, mientras que para el papel se ha utilizado un marco simple y gris separado de la obra por un espacio blanco. Cada una alberga un pequeño bodegón casi imperceptible, liviano, en los que se muestra un recipiente acompañado de otro objeto. El artista juega con el concepto clásico de naturaleza muerta para otorgarle las propiedades de la existencia misma.

El sosiego que emana de la obra reciente de este autor es tal que peca de aburrido. Las atmósferas desdibujadas tendrían más fuerza visual si se hubiesen expuesto otros trabajos de esta cuarta etapa artística de Juan Carlos Lázaro, donde el bodegón no es la única excusa para estudiar la luz, sino que aparecen otras formas que completan su discurso. Al eliminar todo artificio ha dejado expuesta una realidad hueca, en la que muchos buscaran el significado de la repetición de formas redondeadas y platos de cerámica como quien busca sentido a un sueño.

De cualquier manera, merece la pena visitar la sala Birrimbao para ser partícipe de esa luz desnuda y así poder extraer una conclusión individual sobre las intenciones del artista. No dudéis en dirigir vuestros pasos a la calle Alcázar Nº5, cerca de la Plaza de la Encarnación, porque merece la pena sumergirse en la obra de este extremeño.

El catálogo de la exposición está disponible aquí.