Una noche de época

Por J.M. Campos

Crónica del concierto de Franz Ferdinand en Granada

Crónica: J.M. Campos / Fotos: Iram Martínez  revistawego@gmail.com

Érase que se era un grupo de jóvenes nacidos en Escocia, abanderados del nuevo indie británico, fabricantes de ritmos tan electrizantes como bailables, y modernos hasta la exageración, que llegó a tierras católicas, antes musulmanas, para extender su imperio frente a la mirada de un coliseo entero. Los Franz Ferdinand evitaron en Atarfe signo alguno de piedad para con aquellas miles de almas, conquistándolas a su paso como las llamas destruyen todo lo que se interpone en su camino.

El chivo expiatorio de esta historia medieval, Kissogram, dio el aviso a los suecos Mando Diao cuando el plan se encontró dispuesto. Éstos, arqueros afinadísmos, allanaron el camino con cánticos como ‘God knows’ o ‘Before rock and roll’ a la poderosa retaguardia que embestiría tras ellos. Por medio de sonidos directamente venidos de las cavernas (que recordaban en ocasiones a los populares White Stripes), consiguieron mover a su antojo las líneas enemigas.

Las damas del grupo, las coristas, insuflaron ánimo a las tropas con sus gargantas calientes, mientras Gustaf Noren y Björn Dixgård (sus nombres daban miedo de por sí) unieron sus alientos para retumbar con sus gritos allá en las montañas de Sierra Nevada. Ahora sí, el ataque masivo era inminente.

Un escueto «Buenas noches, Granada» por parte de Alex Kapranos escondía sin embargo unas intenciones perversas y ambiciosas. El público, expectante, intuía el peligro de estos sicarios con caras de chicos buenos. Tras desenvainar sus armas con asombrosa rapidez, comenzaba el recital: ‘The dark of the matinée’, ‘No you girls’ y la imparable ‘Do you want to’.

La catarsis colectiva ya se había gestado. Un verdadero espectáculo visual se cernía sobre los asistentes gracias a unos formidables efectos de luz, mientras la escuadra seguía a lo suyo con ‘Tell her tonight’, ‘The fallen’ o ‘Walk away’.

Kapranos, ataviado con su armadura de cuero y pantalones negros, se sabía vencedor y elevaba sus brazos o batía su herramienta en alto junto a la de Nick McCarthy. Y cuando se presagiaba una relajación en su artillería apareció el riff de ‘Take me out’, escrito para siempre en las páginas del rock and roll del nuevo siglo.

No hubo lugar para la tregua. ‘Turn it on’, ‘Michael’ y ‘Bite hard’ continuaron poniendo de manifiesto la fortaleza de este Rey Midas con nombre de Archiduque austríaco. El líder de la cruzada danzaba, divertido, para luego recoger un sombrero lanzado por un anónimo seguidor. ‘Ulysses’, mito reconvertido en melodía, asestaba un nuevo golpe maestro.

La consabida falsa retirada dio lugar a un brindis («Cheers, Granada!», proclamó Kapranos) y a un punto y seguido del todo contundente: ‘Jacqueline’, ‘What she came for’ y el as en la manga, ‘Outsiders’. Entonces aconteció el gran episodio de la batalla cuando los cuatro caballeros, más un invitado de Kissogram, unieron sus respectivos talentos a la percusión, aporreándola acompasada y furiosamente para exprimir hasta el último centímetro de ritmo. Mira el vídeo

‘Lucid dreams’, penúltimo invento de la infantería escocesa, precedió a la estocada de gracia, a la última descarga, el golpe definitivo: ‘This fire’. El fuego, por fortuna, estaba completamente fuera de control. Junto a un escenario teñido de rojo sangre, miles de fieles abrazaban al diablo y le ofrecían su fe eterna a modo de baile ininterrumpido.

Los conquistadores se despidieron del gentío entre vítores, dejando atrás tan sólo cenizas, fruto inerte de un fuego que ardió intensamente una noche de época en Granada.

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