Crónica del concierto de Quique González en la Sala Q de Sevilla

Por J.M. Campos

Crónica: Diego Vicente Roncel
Fotografía: J.M. Campos / [email protected]

Quique González se presentó anoche junto a su banda La Aristocracia del Barrio en la Sala Q de Sevilla para celebrar el décimo aniversario de su carrera artística. Dos lustros yendo y viniendo en la romería perversa del rock & roll desde su primer disco, Personal (Universal, 1998).

Casi cuatrocientos fieles del madrileño se congregaron en el recinto, completando el aforo y creando un ambiente perfecto para empezar su concierto con Vidas Cruzadas, empuñando guitarra eléctrica y entrando en la sala como un rompehielos en un whisky on the rocks. Un gran comienzo. Como decían en Jerry Maguire, con el “hola” ya nos tenías Quique.

Continuó con Kamikazes Enamorados y preguntándonos “¿Dónde iremos a parar caminando en círculos?”, antes de que el respetable se rindiera a Pájaros Mojados. Quique, generoso de rock y de sonrisas, abrió con esos primeros cuatro temas, de los más votados por los seguidores en la web según aclaró el artista.

Después se atrevió con una canción nueva, La luna debajo del brazo, que en el setlist del ingeniero de sonido aparecía con un enigmático “Im Coming”, que parece responder a la pregunta que se repite en su estribillo: “¿Cuándo vas a venir otra vez por aquí?” Efectivamente, a la quinta canción ya lo estábamos echando de menos.

Se colgó la armónica al cuello para Me agarraste. La efervescencia del ambiente y el calor humano le hicieron quitarse la chaqueta y enseñarnos su elegante camisa verde agua para ser El Campeón.

Su último disco Avería y redención #7 (Dro Atlantic, 2007) sonó de nuevo en Sevilla con Nos Invaden Los Rusos y el single que da título al álbum, mientras los espectadores coreaban sus versos y Quique se sentaba por primera vez a los teclados. Al contrario de lo que dice la canción, él no se sintió solo en las afueras, a pesar de encontrarnos en el extrarradio sevillano.

En Rompeolas bajó el tempo pero no la intensidad y oscureció la voz para contarnos su historia con esa melancolía violenta del recuerdo, el recuerdo como placer del dolor en esa canción con subidas de falda y alguna licencia poética en la letra.

Se desquitó acomodándose la guitarra al pecho para enmudecernos con Suave Es La Noche y engancharnos con Miss Camiseta Mojada. Y temblamos, claro que temblamos sin esperarnos el Pequeño Rock & Roll que nos esperaba en el jardín de la siguiente composición.

Y sin tiempo para recuperarnos de esas dos canciones, de las más esperadas, prendió nuestros corazones como una cerilla con la sorpresa de la noche, echando a volar la Paloma de Calamaro. Un pedazo de cielo cantado a medias entre el artista y el público.

Javier Pedreira, guitarrista de la banda desde la gira Desajuste de cuentas, se erigió como protagonista de Backstage con un memorable solo final de guitarra. Se notaba que Quique y su banda estaban a gusto; el cantante se marcó unos eclécticos pasos de baile al principio de Hotel Los Ángeles y para el final, el guitarrista Pedreira y el bajista Jacob Reguillón unieron sus voces y sus cabezas para ejecutar los coros junto al micrófono principal, decorado para la ocasión con una ristra de neón.

González agradeció el gesto a Jacob y comentó que hacía diez años que no le hacía los coros, por lo que se fundieron en un emotivo abrazo mientras el aplauso unánime del público dejaba a Quique sin palabras y con los ojos llenos de gratitud. Son estos pequeños detalles los que hacen grande a un artista e inolvidable una noche cualquiera de un mes cualquiera de cualquier año.

Remató el primer acto del concierto con Hay Partida: “He venido a coger lo que es mío, por eso estoy aquí…”.

Quique, con su camisa verde agua hecha mares de sudor, se secó con una toalla antes de abandonar momentáneamente el escenario junto a su banda y darse una tregua en su esquina del cuadrilátero. Después de secarse el sudor tiró la toalla, pero ésta vez no iba a abandonar el combate.

Regresó al ring con Avión en tierra y empezó a despedirse dando las gracias a los técnicos de sonido al completo y a su banda en pleno, justo antes de despegar definitivamente con la aclamada Y los conserjes de noche, que en su anterior visita a Sevilla había sonado de forma más íntima, cantada por él solo en formato acústico. Ahora, en cambio, lució bajo unas luces azules como un Cadillac recién abrillantado gracias al acompañamiento de la aristocrática banda. Fue Pedreira quien suplió mediante sus buenas maneras a la guitarra la imprescindible armónica en la canción que retrata el completo universo de Quique González.

Antes de los bises, dos temas homenaje a los comienzos de su carrera: Personal y Cuando Éramos Reyes.

Volvieron a marcharse del escenario, pero el público pedía El Salitre a ritmo de unas palmas muy sevillanas. Y el portador de las greñas más nobles del rock español, de apellido González, volvió al escenario dando un paseo solo en compañía de todos por las Calles de Madrid. El aclamadísimo Salitre nos dejó la sal en los labios y fue acompañado por peticiones de alguna señorita del público de hacer padre a Quique.

Se despidió definitivamente con La Ciudad del Viento, dejándonos el recuerdo en el aire y preguntándonos en qué esquina nos volveremos a encontrar con esta cálida brisa.


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Crónica de su concierto en Eutopía 08

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