Quique González, Iván Ferreiro y Loquillo clausuran el Eutopía 08

Por J.M. Campos

Crónica: J.M. Campos / Fotografía: Iram Martínez

Tres fueron tres. Quique González, Iván Ferreiro y Loquillo cerraron ayer el Eutopía 08 resguardados de la lluvia en el pabellón de Vista Alegre. Diferentes y complementarios, vistieron de rock and roll la noche cordobesa.

La acústica del estadio, temida por los veteranos de otros conciertos, comenzó haciendo estragos en la actuación de Quique González, y por un momento muchos hubiésemos preferido el Teatro de la Axerquía aún con un hipotético torrencial de agua. Sin embargo, la cosa mejoró y, salvo un par de estridencias inesperadas, la función no volvió a verse empañada.

Coleaba todavía su sustitución por Marlango en el cartel, cuando Loquillo hizo acto de presencia para poner fin a los conciertos de Eutopía 08 pasada la una de la mañana. Y lo hizo con más ganas que nadie, agitando el pie del micro como si de una lanza se tratara.

Elegante, vestido por completo de un color negro sobre el que destacaba el brillo de su chaqueta, el Loco se mostró desafiante desde el comienzo. Y es que el escenario parece el hábitat natural para sus casi dos metros de altura y su tupé rockabilly.

Presentó el que es su primer disco alejado definitivamente de Los Trogloditas, Balmoral, intercalándolo con clásicos de su extensa carrera, como Arte y ensayo, Cuando fuimos los mejores o Feo, fuerte y formal.

Loquillo puso lo mejor de sí, hasta convencer a los que le creíamos vencido. Con los deberes hechos, culminó su concierto de una manera espectacular: interpretó Cadillac solitario mientras clamaba al cielo, hincado de rodillas y golpeando el suelo del escenario. Finalmente desapareció entre el denso humo que poblaba el ambiente mientras el público coreaba su nombre.

Una hora y media antes de aquello, Iván Ferreiro ya había dejado constancia de las bondades de su directo. “Hoy ni la lluvia ha podido con nosotros”, avisó el otrora líder de los Piratas.

Contoneándose de un lado a otro de las tablas, ejecutando sus consabidas posturas de niño enrabietado, Iván dio rienda suelta a su voz privilegiada. Según la ocasión, ésta subía desde su garganta hasta explotar como un resorte o se volvía mansa como si pretendiera susurrarnos al oído.
Encandilaron Extrema pobreza, el binomio Toda la verdad / Mentiroso, mentiroso y Ciudadano A. Su hermano Amaro y el resto de la banda cobraron fuerza y llenaron de estruendo el pabellón. En algunos momentos Iván o el bajista Pablo Novoa acompañaron a Toni Toledo (ex Sexy Sadie) en la batería.

De su época con el grupo que le llevó al olimpo indie, Ferreiro sólo quiso rescatar Inerte y (la inolvidable) El equilibrio es imposible, ambas en solitario sentado al piano.

“No nos dejáis tiempo ni para fumar –dijo el cantante-. ¿Queréis más?” Por supuesto que queríamos. Personalidad múltiple, Canciones para el tiempo y la distancia, NYC, Estrella de la muerte… hasta una treintena de temas llegaron a tocar.

El momento más emocionante del concierto (y probablemente de la noche) llegó justo antes de narrar El viaje de Chihiro. Puede que para compensar su ausencia en Vidas cruzadas, Ferreiro invitó a Quique González a cantar Turnedo, magnífica de por sí, mezclándola con el It´s only rock and roll (but I like it) de los Rolling y Pequeño rock & roll del propio Quique. Extraordinario.

Con los rezagados aún en las puertas del recinto (a eso de las nueve y cuarto), Quique González y La Aristocracia del Barrio aparecieron en escena acompañados de Miss Camiseta Mojada, haciéndonos temblar como si fuera la primera vez.

Cambiando una y otra vez de guitarra (acústica y eléctrica) el madrileño entró en calor con cortes de su último disco, Avería y Redención (de entre las que destacaron Lady Drama, Hay Partida y la pieza que da título al mismo), con la vitola de mejor álbum en español de 2007 para la revista Rolling Stone.

Quique se deshizo de la chaqueta para desprender virtuosismo a los mandos de su piano, decorado a modo de salpicadero de coche americano (dados rojos, retrovisor plateado y Elvis bailón incluidos). No obstante el guitarra de la banda, Javier Pedreira, afiló su herramienta hasta robarle alguna escena clave al protagonista de la película.

Curiosamente, perdió el hilo en un verso de Me agarraste, quizás porque pensaba que tenía a su lado a Jorge Drexler, con quien la grabó para La noche americana. El Kid sonrió. Los grandes también se equivocan.

Lástima que no se prodigara en mayor medida con la armónica, instrumento en desuso que maneja a la perfección. Todo porque le dio por lanzarla al público tras cantar Ayer quemé mi casa.

Su reverso más delicado cautivó al más glacial de los asistentes, gracias a Kamikazes enamorados, Polvo en el aire o Salitre. También recuperó algunos de sus inicios: Cuando éramos reyes, para lucimiento del batería, y la imprescindible (maravillosa, sutil, genial) Y los conserjes de noche.

Ayer abrió el último día del festival, pero bien pudo haberlo despedido en lo más alto. Un cantautor poco convencional que ha apostado doble o nada al número 13 y ha acabado ganando la partida. Un arquitecto de historias sobre tipos solitarios, hoteles de carretera y prostitutas de buen corazón. Quique González, genuino buscavidas del rock and roll, dio el golpe al caer el sol el día en que murió el galán de ojos azules.