Andrés Calamaro inaugura el Eutopía 08

Por J.M. Campos

Crónica J.M. Campos / Fotografía: Irám Martínez


Nos gustan las comparaciones; mucho, de hecho. Y las comparaciones, a pesar de quedar bien, no suelen ser justas. A Andrés Calamaro lo han comparado mil y una veces con muchos otros autores: con Joaquín Sabina (por su versatilidad y su habilidad como escritor de canciones), con Carlos Gardel (por su necesaria recuperación del tango), con Bob Dylan (por su… ¿imagen?). Pero Calamaro no es ninguno de ellos, aunque pueda adoptar su disfraz en algunos momentos. Puestos a comparar, yo prefiero equipararlo con su Argentina natal, un país tan consciente de sus virtudes que a veces se pierde en su propio ego, pero que más tarde o más temprano acaba robándonos de nuevo el corazón.

La pasada noche el argentino (el cantante, el ídolo) abrió el Festival Eutopía 08 en el Teatro Romano de la Axerquía en Córdoba. Un escenario magnífico que rozaba el lleno en sus gradas, como no podía ser de otra manera.

El concierto no dio comienzo hasta las 23:00 horas, e incluso se contempló la posibilidad de su suspensión por una tímida lluvia previa que no volvió a aparecer. El gran perjudicado de la demora, Josele Santiago (ex líder de Los Enemigos), que pasó de atractivo telonero a actuar después del protagonista, completamente pasado de rosca y con un seguimiento intrascendente. De poco sirvieron los piropos de Calamaro, quien le atribuyó haber abierto el camino por el que ahora transitan músicos como él.

A pesar de comenzar sirviéndonos en bandeja El salmón, Calamaro anduvo algo frío en principio. Hasta que a la tercera se soltó: “Sois un público extremadamente amable, cálido y… putos”. A partir de entonces no dudó en sacar a paseo su verborrea.

“El rock no es un deporte individual como el tenis”, proclamó, para confeccionar una lucida presentación de su banda, a ritmo de un blues cuya letra interpretó de forma improvisada. Uno de los guitarristas también se animó al cante después de que Calamaro desvelara que le había comprado su instrumento a un músico que necesitaba pasta para pillar crack.

El bonaerense inundó su actuación de homenajes. Recitó versos de su venerado Gardel: “El día que me quieras no habrá más que armonía, endulzará sus cuerdas el pájaro cantor, florecerá la vida y no existirá el dolor”. Incluyó asimismo Todavía una canción de amor, pieza que compartiera con Sabina.

Se acordó de su amigo Maradona (y también del yerno de éste, el Kun Agüero) aunque no cantara la letra que le escribió hace años. Concluyó un par de canciones con melodías del I shot the sheriff y el No woman no cry de Bob Marley. Incluso dedicó un rockanrol de corte clásico a la vida eterna de Elvis, de quien confirmó seguir con vida.

No acabó ahí la lista de guiños. Pasada la medianoche invitó a su sempiterno amigo Jaime Urrutia (“Otro artista que sufre el MP3 y los inventos de Bill Gates”, en palabras de Calamaro) a que le acompañara en el escenario, para cantar aquello de Te quiero igual o esa otra de Loco, y contagiarlo así de la euforia generalizada. Al día siguiente al antiguo jefe de los Gabinete Caligari se le vio deambulando como un zombi por la estación de tren cordobesa.

Presentó varios temas (Los chicos, Cinco minutos más, Carnaval de Brasil o Mi gintonic) de su último álbum, La lengua popular, un trabajo lejos de los inmensos Honestidad brutal o Alta suciedad aunque muy superior a ese patinazo que fue El palacio de las flores.

Planeó unos Crímenes perfectos; nos regaló una entrada para el Estadio azteca, describió el paso de Los aviones y se sacó de la manga un par de tangos que el público agradeció manifiestamente. Gritó hasta desgañitarse y sufrió algún que otro lapsus y desafino, que el respetable quiso perdonar.

Con un artista de tan amplia trayectoria resultaba imposible contentar las peticiones de todos los aficionados: hubo a quien le faltó La libertad, el que echó de menos Por una cabeza, y a quien le hubiera encantado escuchar El cantante. Pero la elección del repertorio entre su nuevo LP, su etapa en solitario y los tiempos de Los Rodríguez pareció bastante equilibrada.

Los primeros acordes de Sin documentos fueron el principio del éxtasis definitivo. El público acabó extenuado, sudoroso y rendido al argentino. Hasta llegar a la “risa de puro goce” como me comentó un toscano que pasaba por allí.

La flaca, en cuyo final muchos se unieron para corearlo al unísono, y Paloma pusieron el broche a una noche mágica. Andrés agarró una bandera de Argentina y la ondeó frente a una audiencia entregada. Al fin, desnudó su mirada despojándose de sus inmortales gafas de sol, y de nuevo (irremediable, milagrosamente) y haciéndolo como si no lo supiera, volvió a guardarse nuestro corazón en su bolsillo.