CALLES PINTADAS

Por J. Guardia

Carmen González-Alorda

Cada mañana de domingo, cuando el tiempo acompaña y las campanas de las iglesias circundantes tocan las 9, una placita de especial renombre de la ciudad de Sevilla se viste de colores, atriles y pinceles.

La Plaza del Museo era un lugar de reunión de artistas, desde antes que se creara una asociación para la compraventa de obras, antes de que se concibiera la creación de un Museo de Bellas Artes en 1839 e incluso antes de la construcción del Convento de las Mercedes (1602), donde posteriormente se recogieron las piezas más barrocas y emblemáticas de nuestros artistas. Allí se ha ido moviendo una actividad cultural que hasta hace diez años no se había visto regulada. Ahora los distintos autores muestran sus pinturas en la calle, apoyadas en bancos, árboles, en el propio suelo o en pósters del inmueble urbano. Eso no es importante; es el contacto entre la calle, la gente, las pinceladas y el trato entre mecenas, amantes de las musas y los curiosos.

Mis fotos se plasmaron de vida, una vida bohemia de los mejores años parisinos pero sin burdeles ni prostitutas, nada de Paris, al fin y al cabo. Es una Sevilla rebosante de creación y de mercado, que si bien lo romántico del arte no se encuentra en la comercialización, debo decir que en esta plaza todo tiene su encanto.

Me sirvió, no creas, la experiencia y las escapadas nocturnas, vespertinas y viajeras que me han enseñado que quien quiere conocer un mundo debe adentrarse en él. Hasta quemarse.

Historias y pintores donjuanes me cedieron un sitio aquella mañana, quién sabe por qué pero entre gigantes magnolios, estatuas de Murillos y olor a óleo me enamoré pese al dolor de cabeza y la carencia de horas de descanso.

Enamórate. Las calles están pintadas y te sientes como una de las señoritas d’ Avignon, desnuda en un pequeño estudio. Jugando a trazar bocanadas de humo en un lienzo.