Fasenuova y Fiera en la Sala X: humo somos y en humo nos convertiremos

Por Jose Eduardo Medina

Fasenuova @ Sala X / Benito Jiménez Álvarez

La discográfica independiente Humo presentó en la capital de Andalucía a dos bandas de referencia dentro de su aún escueto catálogo. Fiera, el proyecto personal de Pablo Peña, se unía a los asturianos Fasenuova, sobre el escenario de la Sala X, para mostrar en directo sus últimas grabaciones: Aljarafe (Humo, 2016) y Aullidos metálicos (Humo, 2016).

Con un pronóstico meteorológico que hablaba de la llegada de un frente gélido a la ciudad, la predicción climática era una premonición del azote que se avecinaba desde el norte. Ernesto y Avelino son los nombres de pila de Fasenuova, dúo al que en la subasta indie de etiquetas les ha tocado el cajón del IDM – el acrónimo inglés para la música de baile inteligente –, aunque el sonido que ambos producen sea difícil de encajar en un patrón ya definido.

Al publicar Aullidos metálicos, ambos lo describieron como una traslación de su modo de hacer en directo al interior del estudio, el intento de cristalizar una de las múltiples variables posibles sobre un escenario. Por tanto, el camino inverso era el cauce natural a seguir por las piezas editadas y montadas por Óscar Mulero, a quien han hecho partícipe del proceso creativo y confirman como pieza indispensable en la construcción del sonido de su último LP.

El sábado pasado tuve el honor de poder iluminar a @fasenuova

Una publicación compartida de benito jimenez (@bnitojimenez) el

Una densa oscuridad hacía difícil distinguir el escenario. La maquinaria en mitad de él esperaba ser activada por las manos de la banda, extremidades híbridas, como la dibujada en la portada del último disco, ampliadas gracias a una red de cajas de ritmos y sintetizadores conectadas a un circuito que se disolvía en las profundidades de la sala. Benito Jiménez, mitad de otro grupo difícil de clasificar, Los Voluble, era el encargado de reconstruir en el interior de la Sala X el paisaje sin el cual no se entendería el sonido de los asturianos, una naturaleza fría y agreste, forzada por la máquina para extraer el mineral.

El discurso de Fasenuova en directo se asimila a un viaje, un descenso al abismo insondable de la existencia acompañando a los fantasmas que ahora recorren las abandonadas galerías mineras del Mieres contemporáneo. Ernesto asume el papel de maestro de ceremonias — ’ Neuromante de vino y cuero, con un fulgor acero y añil‘ — , una síntesis entre el juglar contemporáneo, dedicado a describir las desventuras de la sociedad posindustrial, y el predicador que anuncia la llegada de un mañana incierto. Atravesadas transversalmente por las referencias a la ciencia ficción y a la cultura electrónica undergroud, sus letras incorporan restos del imaginario popular local para convertirse en canto de escape a la frialdad del mundo hipertecnificado.

Las evocaciones eran lanzadas al oyente reducidas a la mínima expresión, aquella de los lenguajes primitivos que se construyeron en torno a los aullidos y gemidos, intercaladas en una estimulante base de punzantes sonidos multiprocesados. Aunque esta ascendencia estética les ha llevado a múltiples comparaciones con la escena electrónica indutrial, desde estrellas internacionales como Kraftwerk o el productor Gerald Donald, impulsor de Drexciya y Dopplereffekt, hasta grupos minoritarios locales como Esplendor geométrico, el uso de los recursos del post-punk eléctrico o la dark wave son sólo una herramienta para generar un folk nuevo, así describen ellos su música, nacido de la tierra extenuada por el desarrollo de la industria.

Sin frenos, un negro sofocante engullía el espacio — ’ …entre tú y yo fluye la luz de la noche. ‘ — mientras la velocidad del pulso rítmico aumentaba sobre el escenario. Entregados a la pista de baile, el mensaje final fue el único inequívoco, vamos a bailar a la noche.

Como en un despertar de un profundo sueño, la luz invadió las dilatadas pupilas y una red de fluorescentes blancos hizo palidecer la sala. Seis años ha necesitado Fiera para moldear el segundo disco, un tiempo en el que su sonido ha evolucionado en paralelo a su composición como banda. De aquellas grabaciones iniciales que emergían del residuo, un reciclaje literal de material de vertedero para la construcción de instrumentos y, también, de conductas y personajes marginales, ahora el resultado se manufactura en el sintetizador.

El bajo de Pablo Peña continúa siendo la batuta al son de la que se mueve la extraña criatura, sin embargo, ahora el músculo, hiperdesarrollado como el del espécimen de su ilustración de portada, lo aporta un continuo de bases electrónicas lanzadas por Darío del Moral, exprimiendo la caja de ritmos. En la intro, la púa pulsaba las cuerdas, pauta descarnada que marcaba el ritmo al cual se escupían palabras con rabia.

Aljarafe es el nombre de una de las áreas metropolitanas de la ciudad de Sevilla, pero aquí es la directriz que vertebra un concepto construido en nueve cortes. Representa la tierra prometida para el yuppie de clase media; un paraíso de viviendas adosadas y centros comerciales ejecutado a base de cheques en blanco y comisiones. La vida cotidiana de sus habitantes— ’ …cerveza fresquita, con mis clientes, luego un cubata y medio gramito. ’— es sólo un ejemplo de la sociedad occidental, indolente y acomodada, cuya meta es completar el pago de la hipoteca evitando una sobredosis de barbitúricos.

La elección sensata para triunfar, así se vende en los medios de comunicación, es para Fiera, por el contrario, una gran diana contra la que lanzar sus punzantes sentencias. Centrifugado el movimiento punk, desde los primeros Stooges a los Clash, y su carga política, la respuesta es agresiva y contundente frente a la alienación social. Pablo Peña dedico Grönö a todos los que alguna vez le entrevistaron para un puesto de trabajo — ’ Cómete tu mesa, come tú corbata, có-me-te tu mierda.’—, una tortura sufrida por todos.

Sin pausa, el mensaje inestable e incendiario, como un cóctel molotov, se proyectaba sobre la cuerda pulsada del bajo y el tiempo marcado por el metrónomo eléctrico de la caja de ritmos. Un bajo continuo desnudo e incisivo, paralelo al usado por otro movimiento callejero y contestatario, la escuela de rap neoyorquina de los noventa. Siguiendo las huellas de Ghostface Killah y los chicos de Wu-Tang Clan, si hablamos de la forma, pero también de la actitud, el gusto por el caos y el “hazlo tú mismo”, son recursos capaces de sorprender y dar dinamismo a las estancadas maneras del rock en la actualidad.

Moviéndose hacia los márgenes, Fiera muestra sus fauces en los terrenos pantanosos de la electrónica heterodoxa. Conduciendo a toda velocidad hacia la rave ilegal o el sound system de descampado, acelerando los beats y la contundencia en sus palabras, chirriaba los dientes y dislocaba la mandíbula, esbozando una sonrisa socarrona y clavando la mirada en la ineptitud— ’ Yo no soy racista, pero tú a qué has venido. ’— de nosotros mismos. Porque, en sus propias palabras: “prefiero el enemigo fiel, así sabré por donde viene, también sabré por donde se fue”.

La noche, que comenzó soterrada bajo el metal de la tierra asturiana, acababa en las planicies del extrarradio, dos polos opuestos de una vida tan inestable como el humo que aspiramos y en torno al cual se deshacen nuestras vidas.

Foto de portada: Fasenuova @ Sala X / Benito Jiménez Álvarez.