Todos Dicen “I Leave You”

Por Diego A. Vicente

maridos-y-mujeres-portadaAlicia y José Luis, un matrimonio bien avenido tras varios años de casados, llegan a casa de Carlota y Alex y anuncian con gran satisfacción y por sorpresa que se van a separar. ¡Vamos a cenar fuera!, propone Alicia eufórica a modo de celebración. Carlota, tras interrogar duramente a sus amigos, entra en estado de shock y se encierra en un cuarto dando un portazo. Fin de la primera escena.

Esa revelación es el detonante para que Álex (Luis Bermejo) y Carlota (Nuria Mencía) escudriñen sin piedad su matrimonio, dándose satisfacción pero también haciéndose daño, como dos monos despiojándose: si parecían tan felices…

Álex es escritor y profesor de literatura en la universidad y claro –esto lo ha escrito Woody Allen–, tiene una joven alumna excepcionalmente inteligente y perturbadoramente bella por la que se siente amenazado y atraído: Rain (Miranda Gas). También Carlota, que cree estar a la sombra del talento de su marido, siente deseos al margen del matrimonio: Carlos (Fernando Soto), su jefe; un ser vulnerable y culto, desaliñado en lo sentimental y que valora más su opinión de lo que lo hace Álex. El matrimonio intenta tratan de arreglar sus problemas a la vez que aceptan el desconcierto de la nueva vida por separado de sus amigos: Alicia (Elisabet Gelabert) y José Luis (José Luis Torrijo), que parecen estar completamente desubicados en sus nuevas relaciones.

La pareja y mucho más

maridos-y-mujeres-2<<Un retrato crudo y obsceno de las relaciones de pareja>> anuncia el programa de la obra, pero Álex Rigola, director del espectáculo y responsable también de la adaptación, consigue llegar bastante más lejos que eso. Manteniéndose fiel al texto original, traslada la batería de inseguridades y miserias cotidianas al plano de la comedia sofisticada. Las referencias culturales sirven de inesperado vehículo para momentos hilarantes: “¿Tú crees que puede considerarse fascista esta silla?”

 Pero también se revela con frescura contra el arte que en muchas ocasiones se presenta como hegemónico. Así define a la Bauhaus como un auténtico coñazo o se refiere a toda esa mierda de la decoración de interiores. La obra ironiza con respecto a la ingenuidad de algunos sobre el poder la cultura, a la que a veces apelan como a un curandero o una esteticién: “Ella no es una camarera de barra cualquiera… ¡ella lee!”

 Rigola y Teatro de la abadía

maridos-y-mujeres-3Mal acostumbrados nos tiene el Teatro de La Abadía, cuyas producciones son garantía de calidad sin excepción. Rigola realiza un montaje muy sólido, empleando con inteligencia los recursos en favor del espectáculo, sin distribución en actos y haciendo un elegante uso de la elipsis. En cuanto a la escenografía, no es nada novedoso que los espectadores ocupen el espacio escénico y sean interpelados por los actores. En este caso, la acción transcurre dentro de un cuadrilátero formado por sofás –cuyos asientos ocupan en su mayoría miembros del público–. Resulta muy divertido cuando Rain ejemplifica a los personajes de la nueva novela de Álex utilizando a esos mismos espectadores como modelos.

Los personajes siempre están presentes en la escena y escuchan lo que otros dicen de ellos aunque estén en off. Esto da lugar a la réplica y al consiguiente sarcasmo.

El reparto está muy equilibrado y Luis Bermejo hace suyo el personaje de Álex adaptando con acierto esas digresiones delirantes, ese tartamudeo de clarinete, ese ¿ein? existencial que transmite Woody Allen en sus interpretaciones. Elisabet Gelabert (Alicia) transmite con fuerza el desconcierto y la histeria de su personaje. También destacamos a Miranda Gas, que transita con naturalidad de la brillantez a lo estrafalario entre los personajes de Rain y Gloria.

Siempre Woody

Pero a pesar de las dudas, de lo inevitable del drama, de frigorífico vacío de la depresión, persiste el espíritu del conjunto de la obra de Woody Allen, la celebración de la vida a través del arte, del cine, de la música (con este tema clásico que también está presente en la función), en definitiva de las pequeñas cosas. Porque después de todo – es triste que dé pudor decir esto–: merece la pena vivir.