De dioses y monstruos

Por Daniel López García

89754-620-282“Quién hace tanta bulla y ni deja / testar las islas que van quedando”. Me vienen a la cabeza los versos con los que César Vallejo da comienzo a su obra Trilce cuando enfrento la tarea de reseñar este libro. Intemperie (Seix Barral, 2013) es la primera novela de un autor novel y desconocido hasta la fecha, Jesús Carrasco (1972) nacido en Badajoz y residente en Sevilla desde el año 2005, de profesión publicista.

La publicación de esta obra ha supuesto un hecho, cuanto menos, sorprendente en el mundo editorial de los últimos años. Algunos de los motivos son los siguientes: Intemperie es la primera obra de un autor que ronda la cuarentena y del que hasta ahora no se conocía nada;  el libro ha sido traducido y publicado en catorce países de forma casi simultánea (en algunos  de ellos incluso antes que en España); tanto la crítica especializada como la aficionada de este país se han rendido ante esta obra, elevando la prosa de Carrasco a lo más alto y estableciendo como ascendientes de su escritura a autores como Miguel Delibes o Cormac McCarthy. No en muchas ocasiones un lector se enfrenta a precedentes de este tipo. Por tanto, el sentimiento abrumador es cuanto menos lógico y los prejuicios frente a la marabunta laudatoria de la crítica un lugar demasiado común.

Intemperie2Pero tras la lectura de Intemperie quedan a favor de Jesús Carrasco muchos aspectos que justifican cierto fervor suscitado por la crítica. En primer lugar y el más evidente, el dominio de la técnica narrativa que abarca la totalidad de la obra. Nos encontramos ante un relato aparentemente sencillo, parco en recursos y ornamentos  retóricos que se muestra tan sobrio y lineal como la planicie casi desértica en la que se desarrolla la novela. Pero tras esa ilusoria sencillez, Carrasco edifica un relato de arquitectura concentrada y precisa.

La novela comienza con un niño semienterrado que huye de un grupo de adultos que va en su búsqueda. No conocemos el motivo de la huida, elipsis que se mantendrá  a lo largo de la primera parte de la novela y que sostiene el motor narrativo de la obra. En oposición a esto, sí se nos habla del lugar al que se dirige el personaje, una llanura de la que no se perciben los límites, y que a modo de relato épico inicia un camino hacia las profundidades de lo desconocido.

Durante esta primera parte, el niño conoce y se asocia con un cabrero que lo inicia en la tarea de la supervivencia a través de su oficio. En la medida en que el niño se adentra en las depresiones de la intemperie junto al pastor, conocerá la humildad, la escasez, la suciedad y la pobreza, y con ello se evoca una definición de la violencia de la que huye el personaje. Por muy míseras y desfavorables que sean las condiciones de la llanura y la vida del pastoreo nunca serán tan temibles como para desandar ni uno de los pasos dados. La única proyección del futuro que se da en todo el relato subraya de manera hiperbólica que nunca jamás mirará atrás: “Durante el desayuno asistió, por primera vez, al aparejo del burro. Una liturgia que el mismo habría de reproducir el resto de su vida”. De esta forma, hasta la mitad del libro no ocurre nada más que la certeza de que la pobreza a la que se enfrenta el personaje será más meritoria de ser vivida que aquello de lo que se aleja, al mismo tiempo que  la sensación de angustia por lo desconocido va alimentando la lectura.

jesus carrasco 2En la segunda mitad de la obra el ritmo narrativo cambia de forma ascendente y se produce una aceleración de acontecimientos trepidante. Carrasco juega con las emociones del lector magistralmente y lo hace a partir del binomio escasez-abundancia. Cada momento de relajación en los que el personaje encuentra un momento de descanso o, al menos, un motivo para tomar un nuevo impulso, se convierte en el preludio de un enfrentamiento que empuja la acción hacia un hecho trágico. De esta forma, a partir de la repetición de ese esquema de acontecimientos, surge una sensación de zozobra en el lector, provocando el suspense de que algo terrible está a punto de suceder.

Carrasco construye una historia clásica y canónica desde el punto de vista de su morfología. Si bien los personajes no llegan a ser símbolos de valores asociados a la inocencia, la maldad o la bondad, la moralidad que manifiestan acaba convirtiéndose en la fuerza que empuja el relato hacia diferentes direcciones. El impulso moral de cada personaje (el abuso de poder, la pulsión sexual, la ética cristiana o la pura avaricia)  se transforma en funciones narrativas, que dirigen el relato en la segunda parte del libro hacia el desenlace de los acontecimientos.

En este sentido, Jesús Carrasco se eleva por encima de la narración ejerciendo un dominio absoluto sobre la misma y sus personajes,  como un dios tan eficaz que ni siquiera parece que ha intervenido en los acontecimientos que cuenta. Y en este sentido, plantea un trabajo impecable y deslumbrante, objeto de admiración del que lee su obra. Aunque de alguna forma, el envés de esa arquitectura tan perfecta y calculada pareciera la ausencia del fluir de la vida en sus personajes, de la manifestación de contradicciones tan humanas como el hecho de pensar que incluso en los peores momentos surge la ficción de que las cosas pueden ser de otra forma.