Libros: ‘Tribus, Armas, Petróleo’

08.01.2012 | Libros, Literatura | J. Guardia

Libia no es una nación-Estado tal como la interpreta Occidente […], sino una federación de comunidades tribales de costumbres y leyes consuetudinarias, articuladas en la actualidad alrededor de un interés común por el petróleo y el gas”. Es una de las sentencias clave para entender el conflicto libio y concebir su proceso de transición y una buena síntesis de ‘Tribus, Armas, Petróleo‘ (Algón Editores, 2011), el primer ensayo sobre Libia lanzado a las librerías españolas pocos días después de la muerte de Gadafi.

Los académicos Jesús Gil, Alejandro Lorca y Ariel José James y el periodista Javier Valenzuela desentrañan las causas de la rebelión en las calles del país hace ahora casi un año (una rebelión que, según sostienen, “se gestó mucho antes”), el desarrollo de la Guerra Civil, la postura -menos unánime aún de la que se trasmitió desde los medios de comunicación- de la Comunidad Internacional respecto a “la cuestión libia” y los factores que han de tenerse en cuenta en el momento actual de supuesta transición en el país tras la caída del sátrapa. Asimismo, aporta una valoración global de los diferentes procesos revolucionarios que conforman lo que se ha bautizado como la “Primavera árabe” y alerta sobre la posibilidad de que aquella flor, germinada a partir de la sangre del pueblo, acabe marchitándose bajo el frío de un “Invierno árabe”.

A pesar de que, en ocasiones, ‘Tribus, Armas, Petróleo’ adolezca de una estructura deslavazada y de ciertas reiteraciones innecesarias, su lectura resulta esencial para comprender la idiosincrasia de un conflicto, un país y, más aún, una región entera que los medios de comunicación convencionales casi nunca logran explicar del todo.

Y una de las bases de dicha idiosincrasia radica en el sistema tribal que caracteriza, en una u otra medida, a todos los países “árabo-islámicos” donde se ha desarrollado un proceso “revolucionario”. En el caso de Libia, más de cinco de sus seis millones de habitantes pertenecen a una tribu. Aún así, esta pertenencia tribal a la hora de definir desarrollo social y lealtades políticas no tendría tanta importancia si no existieran figuras como el “código de honor”.

“[...] Allí existe, desde 1997, a imitación del qabaliyah árabe (código ético tribal) el llamado “código de honor”, por el cuál existe el castigo colectivo para la tribu, si uno de sus miembros actuaba contra el régimen o le traicionaba. El mismo régimen del coronel instituyó en 1994 el comité nacional de los líderes tribales, que garantiza su absoluta participación en las decisiones importantes del país.

Según exponen los autores, el mal reparto de poder que Gadafi hizo entre las tribus -otorgando a algunas, como la poderosa Magariha, buena parte de los altos cargos y abandonando en buena medida a las tribus de la Cirenaica- es una de las explicaciones principales de la rebelión de febrero. Pero no la única.

El fracaso del “capitalismo popular” que Gadafi trató de instaurar sin éxito en la primera década del siglo XXI (una supuesta síntesis del socialismo y el capitalismo); el poder revolucionario de las nuevas tecnologías para una población joven frustrada y ávida de libertad; la existencia de un sector “monárquico” en Libia, fieles a la familia real que Gafadi derrocó en 1969, y la “venganza” de los estratos islamistas más perseguidos por el coronel fueron los otros ingredientes que conformaron el inicio de la revolución en Libia. El desarrollo de los acontecimientos en otros países, como Túnez o Egipto, fueron la chispa.

A este respecto, y valorando el desarrollo revolucionario en los diferentes casos de la “Primavera árabe” (un término, por cierto, que los autores no comparten), señalan tres hipótesis o elementos de análisis a tener en cuenta: el componente transnacional de las protestas contra los regímenes, el cambio en la cultura política que se está produciendo entre las nuevas generaciones de esos países y la modernización de la tradición (“presenciamos una revolución que no se realiza para criticar o demoler la tradición sociociltural hegemónica, sino para afianzarla”).

A pesar de las reservas sobre las bondades que traerá el futuro inmediato al mundo árabo-islámico y a Libia en particular (en el libro se advierte de que, a pesar de haber caído el sátrapa, retomar el equilibrio y la concordia entre tribus que acaban de sufrir una guerra civil no será fácil), los autores guardan cierta esperanza por la consecución de la Democracia en la zona. Una Democracia, sin embargo, que no podrá medirse nunca en términos “occidentales”.

Occidente tendrá que aprender a convivir con un mundo árabe democrático y a perder el miedo a un Islam que podría acoger en su seno a una “democracia musulmana”. […] los movimientos islamistas no se van a convertir en monopolizadores del poder en la región, pero sí será una fuerza pública y social cuya voz se va a hacer oír en los futuros parlamentos árabes”.