Arroz, abejas y derecho de autor

Por Thomas Esposito

Thomas Esposito/revistwego@gmail.com

simbolos del copyright y del copyleft uno en frente de otro

En la época digital, la de la crisis de la editorial tradicional, la Feria del Libro no podía evitar hablar de uno de los temas más conflictivos del momento y quizá más de moda. El debate “Tendencias en derechos de autor: Copyleft, que tuvo lugar el miércoles en una repleta sala Apeadero, se centró en el presente y el futuro del concepto de propiedad intelectual.

Idea obsoleta para algunos, derecho inalienable para otros, el copyright está chocando con otras formas del derecho de propiedad intelectual, nacidas en el ámbito informático. Estas nuevas tendencias, de las cuales el copyleft es la más radical, ya no tienen el objetivo de proteger la propiedad individual del autor sobre su obra, sino que tienden, en diferente medida, a afirmar el derecho de la comunidad a acceder, manejar y transformar la información y las obras del ingenio.

Dominio público, creatividad colectiva y libertad de acceso a toda la información presente en la red, son los pilares del sueño, ya no tan prohibido, de los patrocinadores de las formas alternativas de propiedad intelectual. Un sueño que choca de manera evidente contra los intereses de muchos editores y autores que todavía ven en el copyright el único modelo posible. Tenga quien tenga razón, la situación a la que nos enfrentamos nos obliga a reflexionar y a considerar la multitud de opciones que hoy en día se le presentan al autor. Como bien ilustraba el jurista Javier de la Cueva, uno de los ponentes del debate del miércoles, estamos en una situación en la que el concepto mismo de propiedad intelectual ha cambiado radicalmente.

La historia del copyright tiene su origen en una época lejana, situada antes del año 1 d.c., la época del nacimiento del derecho romano. Refiriéndose a los latinos, De la Cueva empleaba una imagen muy eficaz: Ticio y Cayo dejaron de pelear sólo cuando el derecho introdujo el concepto de propiedad y estableció que algunas cosas eran de propiedad de Ticio y otras de Cayo. En esa época ya existían tipos diferentes de propiedades: las propiedades muebles, las inmuebles y las ‘semoventes’. A esta última categoría pertenecían los rebaños de ovejas, el ganado, los enjambres de abejas, etc. Las cosas parecían quedar bien claras. Sin embargo, Ticio pronto empezó a quejarse porque las abejas se alejaban continuamente de su colmena para irse a la de Cayo. El concepto de propiedad, que hubiera resistido hasta el día de hoy, crujió por primera vez en aquel momento, cuando Ticio se dio cuenta de que existían bienes que, aunque él reclamara como propios, no podía retener y por lo tanto escapaban de sus manos. El derecho romano nunca consiguió convencer a las abejas del hecho que pertenecían a Ticio, así que todavía siguen moviéndose libremente de un lado a otro.

Ese problema se hizo más actual a partir de 1456, cuando a un herrero alemán barbudo se le ocurrió usar unos caracteres móviles para imprimir letras en un papel. Era el año del nacimiento de la imprenta moderna, que por fin permitía fijar las obras del intelecto en un soporte transportable, a una velocidad que permitía su difusión masiva. El ingenio se materializaba en un producto del cual en poco tiempo nació un mercado próspero, que eligió la propiedad intelectual como su propia reina. A partir de ese momento el Derecho se hizo garante de la propiedad intelectual de las obras literarias, de las ideas científicas y de todos los productos de la creatividad.

Hasta que un día, apareció un nuevo enjambre de abejas. Enorme. Era un enjambre en continua reproducción y no estaba vinculado a ningún lugar determinado, sino que estaba distribuido en todo el mundo. Una red de experiencias e ideas que nacían y se desarrollaban a menudo como proyectos colectivos entre personas distanciadas a miles de kilómetros y conectadas a través de una simple línea telefónica. Y lo más curioso es que estas ideas no eran otra cosa que listas de 0 y 1, decodificadas gracias a una computadora.

Todo cambió. La música, las películas, la escritura, abandonaron respetivamente las cintas magnéticas, las películas fotográficas y los folios, para convertirse en estas largas listas de 0 y 1. Copiar las obras de los demás era ahora muy fácil. Además, la red daba la oportunidad a cualquiera de convertirse en autor y dejar su obra bajo dominio público. Entonces, muchos autores cuyo trabajo antes estaba bien protegido por el derecho de autor, protestaron fuerte y se echaron encima de aquel sistema del que se habían encariñado demasiado pronto. Estaban convencidos de que en poco tiempo el derecho y la política habrían encontrado una solución y de que pronto les tutelarían de nuevo. Pero se habían olvidado de lo que le pasó a Ticio y de lo difícil que era convencer a las abejas de no alejarse de su colmena.

La cuestión es: ¿puede un bien sin domicilio fijo y que nadie puede agarrar con sus propias manos – sea esto un enjambre de abejas o una lista de 0 y 1 – ser considerado propiedad exclusiva de alguien?

Durante muchos años el copyright ha sido la garantía que el derecho daba al hombre para vivir de la creatividad de su ingenio.

Las otras formas de propiedad intelectual, las que hacen referencia al copyleft, han permitido un desarrollo rápido, económico y de calidad en Internet y en muchos campos de la informática. Experimentos como Wikipedia y Project Gutenberg, han demostrado la utilidad del uso del copyleft para la divulgación.

Por otro lado, en Internet el copyright ha fracasado como modelo. Es la misma naturaleza de la red la que parece impedir una aplicación estricta del copyright: las abejas en Internet seguirán volando hacia otros lugares. Sin embargo, la cuestión queda abierta. ¿Cómo fomentar el desarrollo de un sistema abierto de propiedad intelectual, un sistema que garantice un alto nivel de dominio público sobre las obras, y al mismo tiempo tutelar el derecho de aquellos autores que quieren seguir imprimiendo su firma a sus obras? Los riesgos son muchos por un lado y por el otro. A lo mejor se trata de considerar cuales serán menores para la comunidad en su conjunto.

Un uso desequilibrado del copyleft podría perjudicar el trabajo de aquellos autores que siguen usando el copyright, con el peligro de llenar la red de obras de poco valor y de matar el trabajo intelectual de calidad. Por otro lado, el copyright ya ha sido causa de fuertes contradicciones, sobre todo económicas y sociales. En muchas áreas del mundo las patentes farmacéuticas siguen permitiendo que los ingresos de las grandes compañías multinacionales valgan más que la vida de los enfermos. Hemos llegado al extremo de asignar a las empresas el derecho de autor sobre los productos de la naturaleza. Algunos medios independientes denunciaban hace unos días la paradoja de un pueblo de la India obligado a pagar impuestos a una famosa multinacional de Tejas, para seguir cultivando el arroz que desde hace siglos es la base de su economía. La razón de esta pretensión es que dicha empresa obtuvo hace unos meses el copyright sobre esa cualidad de arroz, de cuyos derechos resulta ahora propietaria.